Teatro de sombras, por Rafael Escobar Sánchez

 

Recogemos las palabras que dedicó el poeta Rafael Escobar Sánchez a Teatro de Sombrasde Fermín López Costero.

 

 

Fabulado en torno a una metáfora central que, más que precisa, es absolutamente perfecta no ya para enunciar la ambigüedad entre lo existente y lo soñado, sino la necesidad acuciante de una apertura a otra posible dimensión como posicionamiento vital ante lo estrechez de lo real (“Pero la sombra también es fantasía, insinuación-más que revelación- y desequilibrio de la realidad. La sombra es intangible, como el pensamiento. La sombra es imaginación”, se nos advierte lúcidamente en el proyecto de “exordio” inicial), “Teatro de sombras”, salvado el absurdo de la distinciones jerárquicas para escritores que ya han alcanzado un nivel que ya es una cuestión de hábitat espontáneo y no de logro puntual, es quizá el mejor libro narrativo hasta la fecha de Fermín López Costero, el que sintetiza y a la vez afina el máximo unas cualidades narrativas, las que intento esbozar a continuación y otras tantas que no he visto, que lo hacen descollar dentro de una generación y un entorno literario en que es como poco intimidante hacer una tentativa de relato sin miedo a las comparaciones suspicaces.

Destaca de nuevo aquí una fusión de tradiciones culturales y literarias guiada no solo por el sentido de la hibridación que debe tener todo acto literario moderno (como el sesgo perturbador que adquiere una referencialidad más ligada a lo naif e inocente en “ Tarde de circo”) sino por cierta ironía corrosiva y desmitificadora, como en ese “Dios” convertido en un “loser” de barra de bar de la mejor tradición yanqui del “dirty realism” o esos Reyes Magos al borde de ser desvalijados a tiro de escopeta en “Nocturnidad, alevosía y premeditación” o ese “Robinson” trasmutado en un abúlico turista posmoderno de la misma manera que un héroe homérico en un adolescente descerebrado (“Ulises en Burela”) . Cierta metaescritura inconsciente (y desde luego ajena a cualquier sopor teórico o didáctico) se hilvana progresivamente con una oxigenante reivención de la narrativa tradicional (o incluso la moderna en el personaje del asesino a lo Poe o Aub que autojustifica su atrocidad con una honestidad que no deja de sonar cínica, como en “El genocida”), con alusiones que abarcan la mitología grecolatina (“El joven y apuesto Ulises”) o lo que se antoja una reinvención simbólica de la misma (“El caminante”), el relato de aires épicos y legendarios (“Tempus fugit”), fabulas que alientan un inquietante mensaje sobre la derrota de lo ético o lo sentimental ante los dictados de la supervivencia (“Fábula”), la inversión paródica de la hagiografía (“Apostilla a la Legenda aurea de Jacopo Della Voragine”) o el cuento popular o al literario moderno basado en la reelaboración de lo folklórico, en piezas como “La cita”, “La cripta” “Industria conservera” o “El zapato” y con una simetría gozosa con los ciclos de regeneración de la naturaleza (“El otoño de los libros”), así como en una asimilación del sentido de la ambigüedad cervantina y luego unamuniana que permite a ciertos personajes rebasar los límites de su marco de ficción para alcanzar una indefinición decididamente inquietante (“La muerte de Sherlock Holmes”, “El desván”, “El regreso”, El espejo”, “El sioux”) o incluso trazar una parábola desasosegante sobre el peso de la propia insignificancia (“El intruso”), motivo que aparece también, asociado a un delirio que conmociona por dejar traslucir la soledad o la enfermedad (“Polvo de tiza”, “El refugio”) sin necesidad de suscribirse a una referencialidad literaria concreta (“El otro”, “Gemelos”).

El tema central de lo luctuoso, aunque en realidad esta reflexión que sigue puede aplicarse a cualquier motivo del libro, es la que mejor pone en evidencia su dominio de infinidad de recursos de técnica narrativa para crear una perpetua ruptura de las expectativas lectoras, consumada originalidad que se consigue con cambios insólitos de marco espacio temporal, “golpes de timón” argumentales como conclusión (“Nacido en el agua”, “El durmiente”, “Venganza”, “Prisa repentina”, “La piedad”), registros que se posicionan fuera de los límites del estilo literario para adoptar la objetividad desapasionada (en apariencia, por la tristeza que fluye inadvertida como un subtexto implícito) de una crónica periodística (“Un ciprés indestructible”), un testimonio de historiografía (en el imponente “Testimonio que aporta Fray Nicanor…”) o un artículo científico divulgativo (“Sobre los unicornios”, por cuyo tema habría que excluir de esta taxonomía de lo macabro), incursión de motivos temáticos extravagantes como lo técnico o lo burocrático o lo más decididamente grotesco (“¡Abajo el telón¡, “Los trajes”, “Lección de anatomía”) que traman una irracionalidad próxima a lo surreal (“Los archivos de la muerte”), finales indefinidos tras los que se adivina una prolongación de lo inquietante o lo macabro (“Carencia afectiva”, “Relaciones íntima”)) o hallazgos en la perspectiva narrativa que provocan una sorpresa (“Los genios y las lámparas”, “¡Magia potagia¡”, “La maldición” ) a menudo rayana en la perturbación terrorífica para el lector (“Los aparecidos”, “Muñecas”), recurso que fusionado con el humor y una conmovedora sentimentalidad inocente da lugar a cuentos tan memorables como “Una historia de amor”. A menudo alude a la muerte como una suerte de infancia que puede constituir un feliz circuito cerrado ante las imposiciones de la mediocridad y el tedio del mundo estandarizado (“Jugando al escondite”) o cobra un decidido sesgo dramático en la culpa por los sueños frustrados por la impotencia vital (“Timidez”), el peso de los afectos perdidos (“La luz”), una nada que se ha definido como tal en la absoluta desmemoria de la vida que fue (“El fantasma”) o un regodeo en la culpa con la virulencia de algún carácter de Juan Rulfo (“Pupilos”).

La cotidianidad, marco donde el devenir de acontecimientos rutinarios insignificantes puede desbocarse a una resolución absolutamente excéntrica (“El accidente”) apunta también su faceta más dramática en problemáticas sociales como la precariedad laboral, la avaricia capitalista rampante (“Los negocios del abuelo Germán”), el avance científico o tecnológico deshumanizado (“Ingeniería biomédica”) o la ausencia de conciencia ecologista, a menudo aparece desdibujando su perfil más opresivo en un guiño de humor (“Entrevista de trabajo”, “Literatura fantástica”) sin perder por ello su potencialidad crítica y su honda expresividad de insatisfacción ante un mundo inauténtico, donde las emociones se han reducido a la expresión de su gesto (“En el tanatorio”) y víctima de sus contradicciones, que parece adquirir las dimensiones de una pesadilla apocalíptica a lo Bradbury u Orwell en “El cuerpo”.

Finalmente, no es el logro menor de estas páginas el tejer un delicioso minimalismo poético que da a ciertos relatos muy breves una definición quizá más precisa de “estampas” líricas, teñidas de una incisiva tristeza que se afirma pese al sentido de la contención del narrador que le permite rehuir cualquier tentación de expresividad trágica (“El acueducto”, “La tristeza de las acacias”, “Melancolía”) o sugerir una vulnerabilidad, o al menos una inquietud (“Vida contemplativa”) tan solo esbozada en la que el propio lector deberá decidir si profundiza (“Fin de temporada”).

En resumen, para los lectores: que lo mediten, lo mimen, lo disfruten pero primero lo descubran (porque al nombre y la obra de Fermín aún le queda mucho por rodar…) como autor porque tras ese desvelamiento todo lo anterior se da por hecho. Y para el autor: que tienes que venir a Náufragos y a mi instituto (por cualquier de las facetas de tu escritura: no reñiremos por cuestión tan insignificante)… pero eso ya te lo cuento otro día.

 

Rafael Escobar Sánchez