Tempo, por José Márquez

 

Os dejamos la intervención que realizó José Márquez en la presentación de Tempode Isabel Rezmo, el pasado 23 de febrero en el Museo San Juan de la Cruz en Úbeda.

 

 

Siempre admiré y admiro ese trabajo infravalorado, muchas veces olvidado, casi siempre en la sombra; esa labor diaria, que la mayoría de las mujeres, viene ejerciendo desde cientos de años atrás.

Si además de realizar esos trabajos importantes de cuidar unos hijos, un marido, una casa, acudir a un trabajo remunerado, esa mujer dedica tiempo, extrayéndolo de su descanso, a sacar adelante su capacidad creadora de producir Arte, bien sea como actriz, pintora, compositora, cantante, bailarina, o escritora, es motivo más que suficiente para admirar doblemente la labor callada femenina.

La mujer que hoy nos presenta su último trabajo, la identifico, porque así compone su día a día, con ese tipo de mujer al que hago referencia. Isabel María Pérez Moreno, Isabel Rezmo no desfallece cuando entrada la noche, con el cansancio de todo un día dando atenciones a los suyos, estimulando en sus clases a toda una troupe de niños a relacionarse con el Arte, se sienta ante el ordenador o cogiendo una hoja de papel y lápiz, vuelca ensimismada por lo vivido, por lo sentido, la palabra exacta y bella que componen lentamente sus versos.

Isabel es poeta. Lo sabe desde muy niña, cuando sus cuadernos los llenaba de palabras que contaban lo que ella sentía cuando su alma y sus ojos se colgaban de todo aquello complejo o feliz que le rodeaba.

Hoy sigue Isabel aprovechando la noche o los ratos de silencio del día, componiendo poemas, volcando pensamientos que resuman un apasionado amor a la vida e igualmente manifestando una repulsa ante lo injusto, el abuso del poder, la alienación que adormece a la sociedad.

Cuando intercambias impresiones, o analizas con Isabel las situaciones descabelladas que en el terreno social están ocurriendo en la actualidad, compruebas por su análisis y opinión, que Isabel es una mujer comprometida; ella siente y sufre por todo aquello que, como mujer y como ser humano, considera producto del cinismo, del egoísmo y de la insensatez humana. Mucho se atisba de esa actitud en todos sus textos, porque escribir supone para Isabel la necesidad de estar viva y consiente en medio de la vorágine de esta sociedad, donde ser mujer y poeta es un tanto difícil. Un país donde la CULTURA, con mayúscula, se fomenta y se apoya tan poco, es un terreno baldío en donde plantar produce desolación. Si además eres mujer, peor y más difícil se presenta la situación. Recordemos que hay hombres escritores y editores que consideran que el trabajo literario de las mujeres es inferior al de los hombres. Argumento misógino y torpe con el que tienen que enfrentarse las mujeres que se deciden escribir. Yo creía que eso solo pasaba en la España del siglo XVI.

La infancia de Isabel está rodeada de comprensión, de cariño y de libros. La relación con su madre, me recuerda mucho a esa relación tan breve, que Teresa de Jesús tuvo con su madre Beatriz Dávila y Ahumada, con la que compartió confidencias, devociones y su gusto por la lectura (actividad prohibida a las mujeres). A su madre, hoy ya muy anciana, Isabel le rinde su agradecimiento por haberla inducido a su amor por la lectura. Ella apoyó a aquella niña que en su adolescencia, ya escribía cuentos y pequeños poemas.

Han pasado años, Isabel ha sido madre, es esposa, profesora y como ven, escritora, porque ella asegura que “ha podido ser cualquier cosa. Elegí lo más difícil, Elegí lo menos entendible” y hoy, emocionada y temblorosa, nos ofrece su último trabajo “TEMPO. Qué es “TEMPO”, bien lo describe su prologuista Francisco Espada Villarrubia, cuando dice que este poemario de Isabel Rezmo, es una oración, una meditación…

Tuve el placer de tener en mis manos todo el texto antes de su edición; Isabel pensó en mí sabiendo que los artistas somos los que mejor nos comprendemos y me bebí, sorbo a sorbo, ese cáliz místico que para mí es “TEMPO”.

Por eso, considero igual que Francisco Espadas, que la obra de Isabel es como una oración, pero una oración donde se asume, se objeta, se reclama, se da gracias, se desespera, se revuelve desafiante, se revela, se diluye… como en toda oración silenciosa en la que nuestra conciencia nos zarandea y no siempre es para dar gracias. Es hábil con la palabra porque sabiéndolo, invita a la relectura, a volver atrás pasadas una a una, página a página.

Encuentro en “TEMPO” versos bellísimos, como el que, recordando su infancia, dice: “Era niña, muy niña, casi inocente, cuando el suero despegó los párpados, despertó la quimera de dejar de ser una comba suspendida en el asfalto”.

En otros espeta diciendo: “Ponemos verbos donde no queremos decir VER. Ponemos verbos donde no poner SIENTO. Ponemos verbos para cortar la RISA. Ponemos verbos a todo. Irremediablemente ponemos verbos para recoger excusas. Se nos olvida poner la fuerza del acento en el agua, en la semilla, en la tierra, en el árbol, en el beso, en el otro, en El siempre.”

En “TEMPO”, también Isabel se queja: “Te sirvo. El servicio me produce demasiados costes, el precio personal de obligarme. Entonces, ¿cómo impedir la desgana?”

Y desafiante dice: “Miento, miente, mentimos, ¿y qué? La verdad es una incontinencia de salvedades que difuminan este valle.”

Me encanta, me encanta mucho Isabel, cuando emulando y en recuerdo a la Madre Teresa, dice en “Vivo y no vivo”: “Abrazarse al nogal, precipitarse al ruido, estando en el mundo, sin ser ya del mundo, pero ni estoy, ni soy. Solo tierra húmeda de naranjos y celosías.”

Y vuelve desolada: “Aguarda ¿Cómo puedes callar ante la insolencia del infierno? Vuélvete ayuno ante la termita, vuélvete alma”. Y en su “Trance” espiritual, asume: “Los dioses me han abandonado, me han equivocado la selva de la percepción. Mañana puede ser un dilema no una certeza, no la empatía. Soberano juez. Soberana sentencia.”, o “Tenía dos mitades, una la maté, otra me la podó el aire. Las dos mataron la complacencia.”

En la oración de su “TEMPO”, ya sosegada, Isabel manifiesta: “Mi soledad no es una carga, no es un dolor, no es una espada, no es una atadura ni grillete, no es una acidez, no es una hoja seca, no es la cizaña. Es la madreselva donde poder hablar con Él, mano a mano y sin faroles.”

Y al final, al final, su ofrenda: “Sabedlo, aquí me tenéis, gimiendo entre la verdad y la mentira. Aquí me tenéis. Aquí subyace la moneda, mientras Dios le pregunta al César por la razón, que se escribe con letra de sangre.”

Sí, toda esta riqueza de belleza hecha palabra, he encontrado en “TEMPO”, este palpitante poemario que Isabel Rezmo, nos ofrece generosa, ilusionada como aquella niña que en las calles de Úbeda jugaba por las tardes, como aquella adolescente que leyendo a Vicente Aleixandre, quiso ser poeta y lo consiguió.

 

José Márquez