Entrevista a Cristina Gálvez

Os dejamos la entrevista de Juan Peregrina Martín a la cuentista Cristina Gálvez tras la reciente publicación de El verano ya no está aquí.

  • ¿Qué es El verano ya no está aquí?

Pues supongo que es un intento de evasión de algo llamado realidad, que a veces no me gusta demasiado, pero también una forma de reconciliarme con ella. Y, al mismo, tiempo, es una reflexión sobre la dificultad de dicha reconciliación, la de la niña y la adulta, la de la soñadora y la pragmática.

  • ¿Es una metáfora el verano desaparecido?

Es una metáfora, sí. Tiene que ver con lo que se desea, se idealiza o se persigue, pero también con lo que se ha perdido. En estas historias el verano resulta ser de alguna forma el territorio de las posibilidades, de la infancia, de los descubrimientos, de los sueños que aún confiamos en poder realizar. Es algo así como el paraíso que nunca alcanzamos. Creo que todos tenemos nuestro verano particular, pero en algún momento nos damos cuenta de que no vamos a obtenerlo, de que la vida real es otra cosa, y eso puede generar una profunda decepción, una ruptura. Cuando se nos cae el velo con el que pretendemos dulcificar el mundo y la vida se nos presenta tal cual es, algo se rompe, y es ahí cuando abandonamos el verano para siempre. Los personajes de estos cuentos se enfrentan a ese dilema.

  • Tu narrativa está muy marcada por la memoria, las descripciones mentales que parecen recordar los protagonistas… ¿es fundamental el recuerdo para contar historias?

Yo creo que la memoria es una de las grandes fuentes de inspiración con las que contamos los escritores a la hora de narrar. Por supuesto, depende de cada tipo de historia y de cada autor el que esta memoria aparezca de manera más o menos explícita, más o menos personal. En mi caso, soy bastante reflexiva y siempre he tenido tendencia a mirar al pasado, así que se trata de un recurso que me surge de forma natural, igual que el uso de la primera persona. La estrategia del recuerdo me ayuda a creerme lo que escribo y a situarme a una distancia suficiente para poder manejar las emociones. Lo imagino como un juego de espejos: lo que se cuenta no es lo que ocurre tal y como ha ocurrido, sino lo que el personaje cree que ocurrió. Eso permite añadir muchos matices a cada historia, porque las interpretaciones humanas de los acontecimientos son infinitas. La realidad cambia a medida que nosotros cambiamos, y nunca podemos tener la certeza de que el recuerdo que conservamos de un hecho sea fidedigno. Para mí, lo fascinante de la memoria no es lo que la memoria en sí relata, sino la subjetividad que permite poner de manifiesto en relación a lo vivido.

  • Los protagonistas infantiles que maduran como adolescentes son partícipes de historias que aparecen en tu libro: ¿los niños o adolescentes son los personajes más interesantes para trabajar con ellos en un cuento?

No sé si son los más interesantes, pero para mí son los que mejor encarnan muchos de los valores y de los conflictos que me atraen. Esa transición hacia la edad adulta implica muchas cosas, es un momento crucial en el desarrollo de toda persona. La tensión que puede crearse entre la ensoñación, que es tan típica de la infancia y que se corresponde con cierto autoengaño, y la necesidad de madurar, me parece fundamental para explicar cómo se fragua el carácter de los individuos. De hecho, la mayoría de los personajes adultos de las historias que aparecen en este libro tienen una parte marcadamente infantil, y en muchos casos no resuelta. Pero eso no es necesariamente negativo: a veces puede convertirse en una trampa que los lleva a perseguir espejismos inútilmente, pero también en un arma que les permite negociar con la realidad y transformarla.

  • Es tu tercer libro de cuentos: ¿sigue siendo tu género favorito?

Desde luego. Sin desdeñar otros géneros como la novela, que también me interesa, no cambio el cuento por nada, ni como lectora ni como escritora. Algunos de mis autores y autoras de cabecera, como Lispector o Cortázar, me parecen excepcionales precisamente por sus cuentos más que por sus novelas. Un buen cuento es capaz, como decía Cortázar, de ganar por K.O. Y a mí, personalmente, eso me fascina como lectora y me hace disfrutar enormemente como escritora: mantener un solo foco de atención, buscar la precisión en las palabras, jugar con lo que no se dice. Y, por otro lado, me siento cómoda narrando desde la versatilidad que permite el cuento. No lo hago de forma intencionada, pero cuando me surgen ideas casi siempre vienen en formato breve.

  • Nos gusta preguntar de vez en cuando los ingredientes principales para que funcione un cuento: ¿cuáles son según Cristina Gálvez?

Lo de las recetas no se me da muy bien, y no sé si creo demasiado en ellas. Les tengo cierta manía a los decálogos y esas cosas. Desde mi visión personal creo que lo que hace que un cuento funcione, o al menos que funcione para mí, además del necesario dominio técnico, es que, cuente lo que cuente, lo haga desde un lugar de autenticidad, y con autenticidad me refiero a algo que nace de la emoción profunda de quien escribe. Hay cuentos técnicamente impecables pero sin alma. Y hay muchos otros que, sin tanto virtuosismo literario y sin contar nada particularmente relevante (porque al final nunca se trata del qué, sino del cómo) son capaces de traspasar a quien los lee.

  • Nos interesamos también sobre el trabajo que conlleva escribir un libro: esto es serio y conlleva esfuerzo, muchas horas de escritura y aún más de reescritura… eres exigente con los resultados, imaginamos.

Reconozco que soy una escritora lenta. Necesito dejar reposar los textos varios meses antes de darlos por acabados. Hay historias que no he visto claras hasta después de un año o dos desde que escribiera el primer borrador. Y por el camino se han quedado muchos relatos que no encajaban en el conjunto o que no tenían la calidad necesaria, y que no sé si tendrán remedio algún día. De hecho, siempre me resulta llamativa la cantidad de material invisible que se genera por cada libro que ve la luz. Al principio, cuando empecé con los primeros cuentos, me imaginaba que todo lo que escribía tenía que ser perfectamente válido y digno de ser publicado, y claro, eso me frustraba mucho. Creo que es algo que nunca se menciona y que resultaría muy útil a quienes quieren empezar un camino en la literatura. La escritora Natalie Goldberg recomienda a los alumnos de sus talleres que pasen dos años escribiendo borradores antes de lanzarse a un proyecto concreto. Por supuesto, los alumnos se llevan las manos a la cabeza. Nuestra época exige inmediatez, y la literatura no es un camino inmediato. Pero merece la pena.

  • ¿Piensas que es momento de cuentos más que de novelas? ¿Va por modas el gusto literario?

Pues no sabría qué decirte, porque nunca estoy informada de las modas, y suelo quedarme bastante al margen. Creo que en la actualidad el género breve resulta atractivo para un público cada vez más mayoritario, aunque la novela siga siendo la reina del mercado, y cada vez hay más autores que lo cultivan. También creo que hay una apuesta cada vez mayor de la crítica por el cuento, y el hecho de que se esté premiando a autores y autoras que se desenvuelven sobre todo en formato breve me parece un buen augurio.

  • Has participado en bastantes antologías con otros y otras cuentistas de importancia nacional. ¿Qué referentes tienes hoy?

Pues aunque hay muchos cuentistas que me parecen interesantes en la actualidad y con los que he tenido la fortuna de coincidir en antologías, reconozco que soy bastante clásica en mis referentes literarios. Una escritora actual —aunque consagrada— que admiro particularmente y que me ha influido mucho es Cristina Fernández Cubas. Su dominio de las ambientaciones y los tiempos narrativos me parece francamente insuperable, y tiene una de esas voces envolventes que permanece en la memoria de quien la ha leído.

  • ¿Qué te gustaría conseguir en los lectores con tus cuentos?

Supongo que lo que más me importa es tocar en quien lee una fibra sensible, poner en palabras algo de lo que es o siente. Me emociona cuando alguien me dice que un cuento mío le ha hecho llorar o reír. A mí los libros me han servido siempre de compañeros y confidentes, me han dado luz en momentos difíciles y me han ayudado a ser más comprensiva y compasiva conmigo y con el mundo. Me encantaría que mis cuentos alcanzaran esa parte de “alta sensibilidad” que todos llevamos dentro y que pocas veces nos permitimos mostrar.

Muchas gracias, Cristina, por tu tiempo y tus respuestas.

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