Entrevista a Francisco Gil Craviotto

Os dejamos la entrevista de Juan Peregrina MartínFrancisco Gil Craviotto, narrador y traductor, que recientemente ha publicado Los papeles de Juan Español. I La mano quemada, una novela de la posguerra con la mirada inocente de un niño de provincias.

  • Publicas Los papeles de Juan Español. I La mano quemada. ¿Quién es Juan Español?

Juan español es mi alter ego, un personaje que yo he creado a mi imagen y semejanza y que, cuando murió, me dejó en testamento ológrafo, entre otras herencias, estos papeles, que él había escrito años atrás. Son dos libros: el primero comprende la infancia y el segundo la adolescencia de Juan.

  • ¿Por qué el título de La mano quemada?

El título lo he tomado de este cita de Antonio Machado, que figura al comienzo del libro: “Creí mi hogar apagado / y revolví la ceniza… / ¡Me quemé la mano”.

  • Esta es la primera parte, ¿puedes contarnos de qué trata sin desvelar el final?

Como ya indica la cita se trata de recuerdos de infancia, pero estos recuerdos tienen una particularidad muy especial: coinciden con la guerra civil y los primeros años del franquismo.

  • ¿Es lento tu proceso creativo o eres un “escritor rápido”?

En este libro he sido rápido. Gran parte de lo que cuento son anécdotas o situaciones vividas, que no he tenido que crear ni investigar, con lo cual me ha bastado con un pequeño ejercicio de memoria para tener el capítulo resuelto. En otros libros he tenido que trabajar mucho más.

  • ¿Cuál es tu personaje favorito de la novela?, y ¿alguna escena a la que le guardes especial cariño?

La niña de los titiriteros quizás sea el personaje más entrañable del libro. En cuanto a escenas la más inolvidable, al menos para mí, es la de la última página del libro, pero me has pedido que no la cuente.

  • ¿Qué recuerdas de los curas de la época que se recrea en la novela?

Eran curas de pueblo, bonachones y amigos de mi padre, que a mí siempre me trataron muy bien. Cuando hablaban del “Pecado de la carne” yo siempre creía que se trataba de comer carne sin haber comprado la bula que entonces estaba en pleno apogeo.

  • ¿Cómo era la España de entonces para un niño?

Era un país triste y vestido de luto, pero los niños creíamos que eso era lo normal. Teníamos poquísimos juguetes y el campo, las flores, los pájaros y lagartijas también hacían de juguetes. Yo creo que fueron ellos los que más ayudaron a despertar mi imaginación.

  • ¿Es difícil recrear el punto de vista infantil contando escenas dramáticas?

No, basta recordar lo que uno sintió entonces. Hay que tener en cuenta que muchas de las cosas dramáticas que yo cuento en el libro entonces no las veía así. Un ejemplo: la entrada de los fascistas en el pueblo. Para los niños era un acontecimiento, un espectáculo. Nada más.

  • La ironía es fundamental en tu libro: ¿es un recurso para que el lector empatice con los personajes?

El empleo de la ironía lo aprendí sobre todo de Voltaire. Yo creo que es el gran maestro de la ironía. También es fácil encontrarla en Cervantes. Yo creo que la ironía es una de las mejores armas de que dispone un escritor para dar amenidad a sus páginas.

  • ¿Qué escritores o escritoras te han marcado y todavía relees?

El que más, Cervantes. Lo sigo leyendo y lo leeré mientras viva. En menor medida Quevedo y la picaresca. Tampoco puedo olvidar a los grandes autores franceses: Voltaire, Guy de Maupassant, Mirbeau, Albert Camus

  • Eres novelista, cronista, traductor… ¿esto influye a la hora de contar una buena historia?

Sí, a la hora de escribir la segunda parte de Los papeles de Juan Español he procurado que mi libro no se parezca en nada a Sebastián Roch, la famosa novela de Mirbeau, que yo traduje hace unos meses, y cuyo escenario es el mismo: en ambos casos un colegio de curas. También recuerdo que en cierta ocasión comencé el cuento de unos niños malvados que lanzaron un perro a un pozo, pero en seguida lo abandoné porque me acordé que existe un cuento de Guy de Maupassant sobre el mismo tema. En este caso es una vieja la que lanza el perro al pozo. Seguro que nadie se hubiera dado cuenta, pero me bastó el recuerdo de Maupassant para no continuar.

Muchas gracias, Francisco, por tu tiempo y tus respuestas.

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