La última novela de Antonio Marín Sánchez (Granada, 1961) se titula El círculo de Atón, tiene 140 páginas y ha sido publicada en Granada por la editorial Nazarí. Acabo de leerla y, si en este momento alguien me preguntara por sus principales características, le respondería así: es muy amena, al final de la lectura se puede formular o añadir una moraleja y en toda ella se cumple a maravilla el ideal de los ilustrados del siglo XVIII de enseñar deleitando.

Voy a comentar en las líneas que siguen estas tres virtudes de la novela. Comienzo por la última que he mencionado: sus páginas consiguen enseñar deleitando. ¿Y qué es lo que nos enseña esta novelita de solo 140 páginas en esta segunda década del siglo XXI que aún no conozcamos? He aquí la pregunta clave que más de un lector ya se habrá formulado y a la que también más de uno, pensando en el milagro de internet y el ordenador, habrá respondido con una sonrisa de ironía. Sin embargo, aunque ingenuamente creamos que ya lo sabemos todo, aún quedan, justo a nuestro lado y nuestro más inmediato entorno, todo un mundo de misterios y secretos que ignoramos. Esta novela nos abre la puerta de dos de esos misterios: una de esas puertas se abre al mundo de las sectas, la otra al de las prisiones. En ambos casos el novelista realiza su exposición o enseñanza desde dentro y con un indiscutible y apabullante conocimiento de lo que está tratando.

Es indudable que la persona que ha cometido un delito y se ha pasado varios años en prisión sabe muy bien cómo transcurre la vida en estos centros apartados del mundo, lo mismo que el personal administrativo y los vigilantes que se ocupan de los reclusos, ahora llamados internos. Algo parecido ocurre con las sectas. Toda persona que ha sido captada por una secta y ha sufrido el lavado de cerebro que dichos centros de adoctrinamiento y obediencia siempre realizan, sabe a la perfección lo que son las sectas y, sin gran esfuerzo, puede valorar su poder destructivo. Pero, ¿y los demás? ¿Y el ciudadano corriente y moliente? A los demás sólo nos queda, en ambos casos, imaginar cómo será la vida allá dentro.

Hace cuestión de unos cinco o seis años yo conseguí saciar, al menos en parte, esta incontenible sed de saber cómo es una prisión por dentro y, gracias a una invitación que me hizo la cárcel de Albolote a un acto literario que se celebró con los internos más educados y asequibles. Durante dos horas, pude visitar el centro e incluso hablar con una de las internas que había sido premiada en un concurso de relatos. Intervinimos en el acto el poeta Morón y yo: él leyó un soneto y yo un relato. Terminado el acto, que transcurrió muy bien, nos enseñaron la parte visitable del edificio. Es todo lo que conozco de ese mundo tan extraño y lejano de las prisiones. La verdad es que no es mucho, pero aún es menor mi conocimiento de las sectas. De algunas de ellas lo único que conozco son los papelitos de propaganda que algunos de sus satélites reparten en calle y plazas; de otras, ni siquiera eso. Seguro que mi caso no es único. La mayoría de las personas nacemos, vivimos y morimos sin pisar jamás una prisión ni una secta. Quien lea la novelita “El círculo de Atón” va a conocer muy bien lo que es una secta, con todas sus artimañas para cazar, embaucar, dominar y fanatizar a sus víctimas, y también, entremezclada a la historia de la secta, va a conocer la vida en una prisión. En este caso la prisión provincial de Almería. Pero lo mejor, desde el punto de vista novelístico, es que todo esto lo realiza nuestro autor dentro del entramado de una acción y con unos personajes tan reales y palpitantes, que pensaríamos que los conocemos. Es precisamente esta interrelación entre la denuncia de la perversidad de la secta, por un lado, con la trama de la novela, por otro, lo que me ha llevado a calificar “El círculo de Atón” de enseñanza deleitante.

Creo que después de todo lo que llevo expuesto ya habrá adivinado el lector la moraleja a la que antes aludía. Me parece que se podría formular así: si quieres sufrir todas las desdichas del protagonista de esta novela no tienes más que entrar en una secta, pero si prefieres vivir en paz, no pases ni siquiera por la puerta. Contar las desdichas del protagonista constituye la trama de la novela y aquí no es posible revelar. Es el lector el que, en la intimidad del hogar o en el banco del jardín, la irá descubriendo página a página. Es entonces cuando disfrutará de la otra virtud que hemos señalado en esta novela: su amenidad.

Estas son las virtudes. ¿Y pecados? ¿No tiene pecados esta novelita?, se preguntará el lector. Sí, claro que los tiene; me parece de justicia señalarlos. El más evidente es que se ha quedado en novelita lo que podría haber sido novela o acaso gran novela. Hubiese sido suficiente, arañar un poco en la infancia de los protagonistas, añadir más personajes secundarios o haber creado algunas escenas nuevas o ampliado otras ya existentes, para conseguir las cincuenta páginas que le faltan a la novela. Otro pecado es el final —demasiado precipitado— y el último capítulo, que le da un toque rosa a una narración que no tenía necesidad de tal concesión. Pecados veniales todos ellos que muy bien se le pueden perdonar a una narración tan amena y alertadora, que nos ha abierto los ojos sobre un peligro que a todos, y muy especialmente a los jóvenes, nos acecha: las sectas.

Francisco Gil Craviotto

 

Francisco Gil Craviotto, autor de 'Los papeles de Juan Español I: La mano quemada'

Francisco Gil Craviotto, autor de ‘Los papeles de Juan Español I: La mano quemada’

 

 

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