El pasado 29 de noviembre tuvimos el placer de presentar el último poemario de Antonio Morillas, Fría aritmética, en el Centro Cívico Sector 3 de Getafe.

Alejandro Santiago, editor, y José Luis Pedreira, poeta, acompañaron al autor en este día tan especial. Las palabras de José Luis Pedreira, que tituló como «Fría aritmética de presencias y ausencias» os las ofreceremos en los próximos días, pues no merecen desperdicio. Sí que os dejamos las palabras del autor, Antonio Morillas, en su totalidad:

 

El otro día leí unas declaraciones del ministro de Cultura, en funciones, José Guirao, en las que decía: “Cuando uno lee un libro también se está leyendo a sí mismo”. Leed, pues, porque, de alguna manera, os estaréis leyendo.

Tengo que reconocer que escribir sobre este poemario me resulta difícil pues su origen no obedece a un motivo concreto. Este poemario ha nacido de forma anárquica a lo largo de los años,sobre el trasfondo del amor al que se llega después de la soledad, pespunteado por reflexiones acerca dela vida y sus vaivenes. Cuando pienso en esa dificultad, para animarme, y perdón por la inmodestia, recuerdo que José Vila Matas decía que “Una buena obra no tiene explicación”…

Cuando leáis Fría aritmética, espero que la consideréis una buena obra.

No obstante intentaré contar algo sobre este libro, que para eso estamos aquí…

Empezaré por el final. El que os habla, como he confesado en otras ocasiones, en los asuntos amorosos perdió todas las batallas pero ganó la guerra. Y desde la victoria escribí, recordé otro tiempo, incluso podría decir que al jugar con ventaja me regodeé en las derrotas sabiendo cómo era el final….

Alguno de estos poemas se empezaron a escribir hace cuarenta años y esperaban en un cajón. Soy de la misma opinión que Tomás Segovia, poeta español exiliado en México, al que: “No le gustaba desechar los poemas que ya había escrito. Juzgaba que cada uno de ellos era un acto de presencia; por alguna razón habían nacido y no debían ser suprimidos. Más que escritos, sus poemas le parecían amanecidos”.

Dice una regla general que poesía es síntesis, no análisis. Para mí, un poema es la síntesis de un estado de ánimo, de un momento. Y un poemario, a veces, es una declaración de intenciones, un desnudarse ante los demás, episodios de una vida…

Cuando escribo también lo hago con la intención de que quien lea sepa que no está solo.

Yo creo que muchos de nosotros, si no todos, hemos pasado por la mayoría de los poemas de este libro, porque la existencia de los seres humanos se parece una a otra más de lo que creemos. Transitan por estas páginas instantes de vida vivida y por vivir, con sus ingredientes de deseo, amor y desamor, sueños, esperanzas y desesperanzas. Y al mismo tiempo, reflexiones, como punzadas, sobre una sociedad que no me gusta, a la que hay que enfrentarse con determinación. A este respecto, me gusta recordar a menudo las palabras de Baal, el poeta, en los Versos satánicos de Salman Rushdie:

“La tarea de un poeta es nombrar lo innombrable, señalar los fraudes, tomar partido, comenzar debates, dar forma al mundo y evitar que se duerma”.

Hay personas que leen habitualmente, pero son reacios a leer poesía porque dicen que no la entienden. Yo les diría que se atrevan, que no haga caso a ese prejuicio, y si después de leer un poema se produce algo en su organismo, en la cabeza o en el estómago, es que lo escrito ha conseguido su objetivo. No se trata de intentar adivinar qué es lo que ha querido decir el poeta, sino descubrir qué le dice al que lo lee, porque a cada lector le puede decir algo distinto y todo puede ser válido…

Sobre este asunto seguro que conocéis la anécdota de los tiempos de La Barraca, aquella experiencia de Federico García Lorca durante la República, que consistía en llevar la cultura a todos los rincones de la España profunda y analfabeta. Cuentan que después de la representación de una obra clásica, alguien del equipo preguntó a un paisano qué le había parecido la función:

—No he entendido casi nada, pero me ha sonado tan bien que casi me hace llorar… —cuentan que contestó….

Si un poema o un relato o una novela o una obra de teatro, o cualquier otra manifestación artística, dejan indiferente a quien se pone frente a ella, es que no ha cumplido su objetivo.

¿Por qué Fría aritmética?

Quizás porque nunca me han gustado los números, el cálculo de probabilidades, el interés. Quizás porque nunca eché cuentas acerca de lo que más me convenía. Quizás porque fui más de palabras, la aritmética siempre me resultó fría y fríamente me trató. Quizás…

​Y en esta especie de diario sin fechas, porque el poeta es un hombre descuidado y se olvidó de ponerlas, los días se entremezclan y después de un lunes de resaca aparece un sábado de melancolía o después de un domingo de resurrección surge un viernes de pasión, o al lado del amor aparece el desamor y al lado de un grito de rebeldía aparece la desesperanza y al lado del dolor aparece la alegría por haber llegado hasta el instante de la escritura, todo ello sin una secuencia lógica, como la vida.

En mi casa, la poesía y la música siempre han ido de la mano.

“Te recuerdo bien en el Chelsea Hotel. / Eso es todo. / Ni siquiera pienso mucho en ti”.

Leonard Cohen escribe esas palabras en un tema dedicado a su amada Janis Joplin.

Y esa cita abre el poemario como declaración de intenciones: los recuerdos, la nostalgia, nunca deben cegar el futuro porque la belleza, como el esplendor en la hierba, sobrevive en el recuerdo, aunque no debe viciar el aire del presente…

Yo creo que esta aventura de escribir comenzó una Nochebuena lejana, cuando a un niño de 9 años lo arrancaron de madrugada de su casa en una calle de barro y de sus amigos y lo llevaron a un lugar desconocido. Nochebuena. / En el vocabulario del niño significaba huida, / destierro… Y conforme iba creciendo el niño se sintió desarraigado. Es por ello que el tren de los primeros años / dejó un poso de nostalgia y tristeza / en la casa por construir.

Después de aquella Nochebuena, cuando en la escuela primaria conocí a Machado, a Juan Ramón, a Jorge Manrique —mis primeros ídolos porque todavía los poetas del 27 estaban marcados con la cruz negra de la ignorancia fascista—, empecé a crear fichas en cuartillas con los datos biográficos de escritores y poetas y de sus obras. Desde entonces quise escribir. Y con el tiempo fluyeron las palabras / salpicadas de lágrimas, / pues el poeta / se nutre con el aire de la calle…

Decía Francisca Aguirre, otra gran poeta, que “Un libro es una prenda de abrigo”. Si echo la vista atrás, en más de una ocasión habría sufrido una pulmonía si no hubiese sido por los libros, que desde siempre me abrigaron. Y más de una vez he pensado, como decía antes, que no vale la pena escribir si no eres Machado o Jorge Manrique o Lorca o Miguel Hernández, aunque siempre me desdigo a tiempo y sigo aprendiendo para seguir estando vivo.

A pesar de que algunos poemas ya han alcanzado una edad madura, este poemario está concebido desde el presente. Un hombre mira al pasado, recoge hojas del camino y en determinados momentos los ojos se llenan de ayer y hablan, o quisieran hablar, pero callan hasta que la nostalgia, mala compañera, huye.

Y este poemario, como dije, es el diario de un hombre que camina sobre preguntas, sobre las aguas turbulentas de las contradicciones porque hay palabras —para algunos verdades absolutas— que solo tienen sentido / en la jerga de quienes caminan / a golpe de certezas.

Escribo o recuerdo desde un presente que percibimos como un tiempo difícil, aunque quizás no más que cualquier otro, y los culpables de que así sea caminan plácidamente, /… expuestos al sol, / como si nada. Es labor del poeta, como dice Baal, señalarlos para que sepamos quienes son y dónde están, y para no dejar nunca de combatirlos porque ellos siempre están al acecho. Pero también hay que ser precavidos y no hacer demasiado caso a quienes ofrecen el paraíso a cambio de nada.

Presente y pasado…

Este poemario nació de la nieve y del hielo, de las aguas bravas y de los arroyos, de los álamos y de la arcilla, de la hierba y del aire, y de la tierra que pisamos cada día y en la que aparecen las miradas, que nunca engañan, de hombres y de mujeres.

Este poemario es una porción de pasado y de presente y nació acompañado de la banda sonora de una generación de soñadores: de Pablo Guerrero (Tiene que llover… a cántaros, Hoy que te amo, el mundo tú y nosotros…) y de Aute (De alguna manera tendré que olvidarte, Al alba, quiero que no me abandones, amor mío, al alba…), de Serrat (Decir amigo es decir lejos, Para la libertad sangro, lucho, pervivo) y de Amancio Prada (Libre te quiero… pero no mía, Adiós ríos, adiós fontes), de la Suzanne de Leonard Cohen en el Hotel Chelsea, y de Paul Simon (El sonido del silencio / Soy una roca en una isla). Paul Simon me lo advirtió en Graceland cuando afirmó: “Veo los amores perdidos como una ventana en el corazón”. Yo me asomé a esa ventana e intenté siempre buscar el horizonte.

Por las páginas de este libro una dama canta blues en las mazmorras de la soledad de aquellas tardes que se alimentaban de versos y música, e incendiaban las calles del pasado porque ella no estaba.

Este poemario nació un agosto y también un otoño; creció con cualquier primavera y dijo adiós, siempre adiós, un invierno, cuando el poeta dejó de sentirse el bufón de la comedia y renació la ciudad. Y nació entre sueños de perdedor y se alimentó de las efervescencias de los pocos años.

Este poemario habría sido capaz de cualquier cosa por besarla, aunque finalmente lo hizo después de quemar todas las derrotas y de deshacer el ego en el hielo de sus labios. Quedaban en la memoria los pasos nunca compartidos, las heridas de ninguna batalla, la simiente estéril, el sonido como martillo de seda repicando en las sienes de la noche, el desamparo. Y, para compensar, quedaba abierto el futuro para reiniciar el vuelo que tumbaría los guijarros afilados, y para desafiar a una noche en la que conjugaría todos los tiempos del verbo amar.

Este poemario, cuando se pregunta qué es amor, se responde que es una batalla incruenta / sin vencedores ni vencidos, y afirma, y así lo proclama al mundo, que nada saben de amor / quienes creen que es único / e indivisible.

Este poemario, en fin, está compuesto por poemas que un día amanecieron en cualquiera de los múltiples refugios de mi pasado, y espero que ahora consigan abrigarse en vuestros ojos para que percibáis el calor de los versos que lo componen.

Después de aquella Nochebuena en la que empecé, sin saberlo, a ser aprendiz de poeta, tarea que continúo, llegará el día de la vuelta a casa, henchida el alma de aire limpio, para seguir contemplando la tierra originaria e intentar alcanzar el paraíso de los descreídos. Entretanto, intentaré hacer caso a un francés, Joubert, que decía que “hay que intentar morir inspirando amor”. En esas estamos.

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