El pasado 17 de diciembre tuvimos el placer de presentar en el Centro Artístico, Literario y Científico de Granada Gastronomía y poesía en La Alpujarra, colección de 109 recetas de comida tradicional alpujarreña que Teodoro Martín de Molina ha recopilado y aderezado con su magistral lírica. Os dejamos la intervención del autor junto con algunas fotos del acto:

 

Distinguir entre acto de presentación y acto íntimo del lector.

Intentaré navegar por las suaves aguas de la poesía y de la prosa con la intención de animaros a que os sumerjáis en las páginas de este libro en la que ambos aspectos de la escritura se dan la mano y se fusionan entre sí al amor de los platos más característicos de la gastronomía alpujarreña.

Aunque el título ya nos da una clara pista de todo ello, no obstante, habrá que fijarse en la última parte de la contraportada para entender algo más el sentido de este libro, porque, como ahí se dice: es algo distinto a un poemario, a pesar de contener más de 160 estrofas entre romances, quintillas, décimas, sonetillos, sonetos y otras varias, y bastante más que un libro de recetas, porque en el libro no nos limitamos a recoger una serie de recetas con sus correspondientes ingredientes y modo de elaboración, que también, sino que hemos intentado ir un poco más allá. En estos últimas semanas en las que he tenido que leer y releer casi todo lo escrito para que llegue al lector del modo más ameno posible, me ha perecido más una especie de novela, una sucesión de relatos o una crónica en la se entremezclan los tópicos recogidos en el título con una serie de costumbres o simples anécdotas que en su conjunto hacen que se alejen del típico poemario y, mucho más del consabido libro de recetas, aunque también cumpla con esa función.

Dentro de la poesía popular alpujarreña el trovo ocupa un lugar fundamental. Yo he tenido la desgracia de haber llegado algo tarde a él. Esto no es óbice para que sienta una atracción total por el trovo y su mundo.

Por ello, permitidme unas quintillas para comenzar a adentrarnos en el tema expresando ese sentimiento al que antes me refería:

El trovo es un compromiso,
es dulce como la miel.
el trovo es un serio aviso
que me obliga a serle fiel
y a mirar por dónde piso.

El trovo es improvisar
de las cosas del diario
y si es difícil trovar…
ya resulta extraordinario
cuando se sabe cantar.

Esto que aquí estoy haciendo
no tiene mérito alguno,
tengo que ir aprendiendo
a que salgan uno a uno
los versos que van surgiendo.

Quisiera seguir trovando,
pero tengo que parar
para decir cómo y cuándo
en un pequeño lugar
el libro lo fui soñando.

Y ese pequeño lugar, parafraseando el título del famoso libro de Gerald Brenan, está al sur, del sur de Granada. Pues si Yegen es el sur de Granada, Alcázar, Alcázar de Venus, bien podríamos situarlo aún más al sur en todos los sentidos.

Alcázar, hoy anejo de Órgiva, en su día fue municipio, bien en solitario o junto a sus vecinos, Bargís, Fregenite, Olías e incluso el Puerto Jubiley. Eran los tiempos, mediados del siglo pasado, cuando cualquiera de las cortijadas que pertenecían al municipio podían tener más moradores que los actuales de Alcázar y aledaños. Estos anejos que he citado, como la mayoría de anejos y pequeños municipios de La Alpujarra, por el devenir de la historia, han pasado a formar parte de lo que se ha dado en llamar la España vacía o vaciada.

En cierta medida este libro es una reivindicación de esos lugares pequeños, en los que parece que no pasa nada y pasa de casi todo, en los que parece que no hay nada y hay de todo en abundancia.

Cuando hace casi 44 años llegué al pueblo, por las tardes, si querías poderte sentar en el bar frente al cajoncillo donde se guardaban la blanca doble y sus 27 compañeras, tenías que andar con más que bulla. Hoy, ni buscando con un candil se encuentran a los cuatro jugadores necesarios para echar la partida de dominó.

Frente a esas fichas de dominó, en el desarrollo de las partidas, en las sentadas en el poyo de la plaza donde los mayores daban rienda suelta a sus recuerdos por medio de anécdotas, sucedidos, chascarrillos, coplillas…, dando el paseo por la carretera o sentado al fresco tomándote un vasico, con los peones que te ayudaban a tener en condiciones el huertecillo o la media obrada de viña, observando, preguntando y escuchando, del trato con los habitantes de Alcázar fue naciendo en mí la afición por la escritura. Ese gusanillo que te decía: “Esto no puede quedar en el olvido, esto hay que darlo a conocer”

De hecho, la mayoría de mis escritos, los publicados y los inéditos, desde Cascarabitos a este libro que hoy estamos presentando, sin olvidarme de mi versión en romance del Quijote, surgieron de mi relación con la gente del entorno y de la paz y la tranquilidad del pueblo.

El ladrido de los perros,
El gorjeo de los pájaros,
La idiosincrasia del pueblo.

Esta soleá, creo que recoge, con la brevedad que caracteriza a toda soleá, esa tranquilidad que se respiraba entonces y que hoy se respira todavía más en Alcázar y en muchos de los pueblos de nuestra Alpujarra.

No sé muy bien si por curioso soy observador o por observador soy curioso, pero ambas actitudes mías me han aportado mucho conocimiento y aproximación al carácter de la gente alpujarreña. Me fijaba en las gentes, en el entorno y, sobre todo, en el modo de actuar de las personas: en lo que hacían y cómo lo hacían. Y de todas sus costumbres, una de las que más me llamó la atención fue su modo de cocinar. Cómo de unos productos que parecían tan simples salían unos platos tan exquisitos. En aquellos primeros años a los que me estoy remontando, aún tenían en casa de mi mujer una puntilla de cabras, dos o tres, que todas las mañanas las sacaba a carear el pastorcillo del pueblo junto a las de los otros vecinos. Recuerdo cómo la abuela, a pesar de su edad, era capaz de ordeñarlas y, cuando disponía de leche suficiente, fabricar aquellos quesos, y otros derivados de la leche, que eran una delicia. Como digo, a pesar de sus años, aún se atrevía, alguna que otra semana, a caldear el horno, hacer un amasijo y fabricar ese pan que hoy ya no se estila, además de otros productos exquisitos aprovechando el calor del horno. Me asombraba verla bullir de un sitio a otro sin parar, ya encañando unos boquerones para ponerlos a secar, poniendo al sol unos tomates para que se convirtieran en orejones, aliñando aceitunas y mil tareas más. A mí, si me dejaba, me gustaba echarle una mano en cosas insignificantes. Por su parte, mi suegra llevaba el grueso de la cocina. Aquellas sartenadas de patatas fritas acompañadas de huevos del corral y de alguna engañifa que se sacaba de las orzas meladas en las que se guardaban los productos de la matanza, sus nietos las comían con deleite y soñaban con el siguiente fin de semana en el que las volverían a comer. Si no eran patatas, eran migas y si no tomate frito con unas lonchas de jamón. O esas mismas lonchas pasadas por la sartén para acompañar a un par de huevos fritos.Qué decir de los pucheros y potajes que se pasaban cocinándose toda la mañana en la hornilla hasta que llegaba la hora de ponerlos en la mesa. Solo de pensarlo se me hace la boca agua. Por no hablar de las diversas formas de preparar la carne del conejo, del pollo o del cerdo. Todo aquello no pasaba desapercibido a mis ojos, como tampoco sucedía eso cuando me invitaban a una matanza o a comernos un choto, un jabato o unos conejos en una reunión de amigos, familiares o vecinos. Con todo ello no solo disfrutaba del momento glotón, sino que además, disfrutaba con la conversación con los amigos. Me acercaba al que rancheaba y me interesaba por el modo en el que lo preparaba de modo que después todos quedábamos tan satisfechos. A mí que, como cocinero, no había quien me sacara de la paella de los domingos o de la parrillada en la lumbre, poco a poco me fue interesando todo aquello que esas mujeres, y en menor medida, los hombres, preparaban con tanta facilidad. Fui observando, preguntando, anotando para posteriormente poner en práctica, con no pocos esfuerzos, aquello que ellos hacían con la mayor naturalidad del mundo. Poco a poco, y siempre con la supervisión de mi mujer, fui adentrándome en los entresijos de la cocina alpujarreña, de la cocina en general, y hoy es el día en el que el grueso de la cocina en nuestra casa lo llevamos entre mi mujer y yo en buen amor y compaña. Es por ello por lo que me he atrevido a plasmar por escrito algunas de esas recetas heredadas de nuestras madres y abuelas, que ellas también la heredaron de las suyas. El resultado es este libro que hoy presentamos y que tiene como principal pretensión el que esas comidas no queden en el olvido y, al mismo tiempo, tratar de animar a aquellos que jamás se imaginaron estar entre cacharos a que lo hagan pues es grande la satisfacción que se consigue con esas tareas. He dicho presentamos con toda propiedad, porque aunque el libro solamente lleve mi firma, sin la ayuda y colaboración de mi mujer, como digo en la dedicatoria: “nada de esto habría sido posible, ni tendría sentido”. Son 109 recetas introducidas por la cadencia musical de poemas en los que se dan la mano las estrofas propias del trovo alpujarreño, junto al romance al que tanto me he dedicado y otro tipo de estrofas que si no están íntimamente relacionadas con el trovo, si fueron escritas con la espontaneidad suficiente como para, en cierta medida, aproximarse a aquellas. Todo ello lubricado por costumbres propias de la tierra que, probablemente, hicieron que las comidas se hicieran cómo se hacía y que la poesía y el canto se manifestasen del modo en el que se manifestaban. En las siguientes quintillas quiero recoger algo de lo dicho hasta ahora y de lo que queda por decir:

Con este libro señores,
lo digo como lo siento,
quiero rendir los honores
a platos con fundamento
y repletos de sabores.

Y al trovo, que de igual modo,
se le pondrá en pedestal
en cada esquina o recodo
de nuestra tierra ancestral,
pues se lo merece todo.

Así, con esta fusión
de poesía y comida,
hago uso de esa razón
que nos conduce en la vida
pues brota del corazón.

Para que este libro sea el que es, se han tenido que dar una concatenación de circunstancias y, entre todas ellas, la fundamental ha sido mi participación en “La escuela de trovos el Balate”, un grupo de WhatsApp creado bajo el auspicio de La Casa de La Alpujarra de Granada.

En el mismo participamos unas ochenta enamorados del trovo, algunos como lectores y otros participamos con nuestras quintillas y décimas aprendiendo todos de todos.

El desaparecido Candiota, uno de los máximos exponentes del trovo alpujarreño, nos mostró el camino:

«El trovo es gracia fundida
en la luz del pensamiento,
es guardar rima y medida
y cantar en un momento
un mensaje de la vida».

Nosotros tratamos de seguirlo aunque algunas veces de aquella manera. Es por eso que hace unos meses, en una de las controversias sobre quintilla o décima, Andrés Linares, presidente de la Casa de la Alpujarra, hijo del famoso trovero y violinista de igual nombre, apodado “El Refinao”, nos decía:

«En el trovo hay que rimar
y la reina es la quintilla,
la tenemos que aceptar
ya difícil, ya sencilla,
esta norma ha de imperar».

A esta quintilla, me atreví a responderle:

Yo que del romance vengo
a todos puedo decir
que a las reglas bien me atengo
cuando me pongo a escribir
cosa llana o de abolengo.

Y es verdad lo que digo en esa quintilla. Yo que provengo del romance –casi quince años a vueltas con el Quijote tienen que dejar huella–, casi lo llevaba en vena cuando comencé a transcribir las recetas que aparecen en el libro. Estaba tan identificado con el octosílabo y la rima asonante que casi sin quererlo, a la hora de transcribirlas, me veía poniéndolas en romance.

Cuando comencé a conocer el modo de hacer poesía de los troveros alpujarreños, me ocurrió algo parecido. Lo interioricé tanto, me identifiqué de tal modo con él que ha llegado a sucederme algo parecido con lo que antes decía respecto al romance. Cuando nos ponemos en el grupo a trovar, tanto la quintilla como la décima me surgen de un modo casi espontáneo. Bien está que eso me ocurre porque ese trovo no es sobre un escenario, es algo más reposado y disponemos de un tiempo para pensar y rectificar los deslices que se puedan cometer.

Recuerdo, porque la tengo escrita, una quintilla de este tenor que escribí al poco de ingresar en la Escuela del Balate:

Este trovo en diferido,
no nos llamemos a engaño,
tiene truco divertido:
escribí hace más de un año
esto que ahora ha salido.

A pesar de esas limitaciones, que todos conocemos, yo estoy enamorado del trovo. Hoy en día, cuando son muchas las personas que están enganchadas a las series tan famosas que ofrecen las distintas televisiones o plataformas digitales, yo he preferido, permitidme el fácil juego de palabras, “el juego de trovos” al “juego de tronos”.

Yo trovo cuando voy andando,
trovo cuando voy en coche,
trovo cuando estoy soñando,
trovo de día y de noche:
el trovo me está matando.

Así que además de lo que aprendo en el Balate, también me paso horas mirando vídeos en YouTube en los que aprendo de viejos, y no tan viejos, troveros; de los trovadores cubanos con sus décimas inenarrables, los canarios con sus polkas picaronas, murcianos con sus glosas…, o me adentro en la maraña de la red buscando webs en las que se recogen trovos de antes y de ahora, si no me enfrasco en textos publicados que me abren la mente a este mundo tan extraordinario del trovo alpujarreño. He de confesar que el libro no está todo escrito en quintillas y décimas, porque su gestación fue muy anterior a mi conocimiento del trovo. Yo soy un recién llegado a este mundo, pero cuánto más lo conozco más me apasiona.

El libro, en realidad es un reflejo de mi amor por La Alpujarra: sus costumbres su gentes, su paisaje, y concretamente por los dos aspectos de su cultura que se recogen en el título: la gastronomía y la poesía. Si la primera me encanta, por la segunda tengo pasión.

Como punto y seguido, permitidme que os lea estas tres quintillas que creo son un resumen de todo lo que he tratado de transmitir a lo largo de esta presentación:

¿Quién no se siente encantado
por la tierra alpujarreña,
si mirando a cualquier lado
debajo de cualquier peña
se esconde un duende embrujado?

Ese duende está en su gente,
en su gente y su paisaje,
paisaje tan sorprendente
que ya desde el primer viaje
no te deja indiferente.

No existe la indiferencia
si hablamos de La Alpujarra,
La Alpujarra es experiencia
que al corazón se te agarra
y te transmite su esencia.

Muchas gracias a todos.

Esta semana estamos promocionando la poesía y por eso os ofrecemos un 10% de descuento con el cupón "DARAXA10"Colección Daraxa
+ +