Ha llegado su hora

Final alternativo

El hombre tembloroso y cada vez más asustado que acababa de sentarse, negó con la cabeza, aterrorizado ante el comentario, mientras se quitaba el jersey y lo dejaba en una silla cuidadosamente plegado. Su anfitrión abrió uno de los cajones de su escritorio, echó una mirada al contenido y después miró al hombre que permanecía sentado frente a él y le sonrió. El individuo interpretó esta sonrisa como algo diabólico, también intentó sonreír, pero solo consiguió esbozar una mueca. Seguía sudando profusamente y temblaba, se movía nervioso en su asiento, se frotaba las manos, recorría la estancia con la mirada. De nuevo se fijó en la lujosa colección de libros, el elegante mobiliario, la alfombra gruesa de pura lana, las litografías enmarcadas en madera y oro, pero esto le atemorizaba aún más, pues la estancia cada vez le parecía más tétrica, sobre todo la calavera que aquel hombre utilizaba como pisapapeles y que parecía mirar desde la mesa de despacho con aire suplicante o intentando hacerle alguna advertencia.

Sacó un pañuelo blanco con sus iniciales de uno de los bolsillos del pantalón y se secó las manos y la frente sudorosa. Estaba cada vez más pálido, jadeaba, tenía la boca seca, no podía hablar, se le nublaba la vista, se mareaba.

El otro individuo introdujo la mano en el cajón, sacó un objeto y se acercó hacia el hombre que le esperaba con el torso desnudo, nervioso y encogido en la silla elegantemente tapizada. Un relámpago iluminó el objeto metálico instantes antes de que el corpulento hombre apoyara el frío metal sobre el pecho de aquel tipo asustadizo. Esto le produjo un escalofrío y temblando lanzó una exclamación: «¡Qué frío está el fonendo, doctor!».