Así fue la Feria del Libro de Granada ‘Así que pasen cinco años’
Hay ferias que se recuerdan por lo que ocurre en ellas y otras —como esta— que parecen suceder también en otro tiempo, en una especie de eco que viene de lejos. La 44.ª Feria del Libro de Granada ha llevado por lema Así que pasen cinco años, de Federico García Lorca, y quizá por eso todo ha tenido un aire suspendido, como si entre caseta y caseta se deslizara algo más que el bullicio: una espera, una memoria, una forma de entender la literatura que no termina nunca de irse.
Han sido días de libros abiertos como ventanas, de voces que se cruzan, de manos que hojean con esa curiosidad de quien sospecha que entre las páginas puede esconderse un tesoro. Días incluso en los que, cuando la lluvia quiso irrumpir —breve, caprichosa—, nada se detuvo. Las páginas se volvieron refugio, paraguas de papel donde cada lector encontraba cobijo, y todo, de algún modo, seguía teniendo sentido.
Para nosotros, esta edición ha latido en doble compás. Por primera vez, dos casetas —la 53 y 54— han sido nuestro hogar. Y ese pequeño desdoblamiento ha traído consigo otra forma de vivir estos días: más libros respirando en las estanterías, más autores cruzando el mismo umbral, más literatura multiplicándose en espacio y tiempo. Todo bajo un ambiente de sombras y pequeñas luces que despertaban los libros y las ilustraciones: una caseta vestida con las imágenes de los clásicos de Belén Esturla, donde el trazo parecía habitar también el aire, y en la que las tiras de hojas finas entre las estanterías daban la sensación de un espacio vivo, como si la literatura no estuviera expuesta, sino latiendo en el lugar.
Pero no solo la caseta ha cobrado vida bajo nuestros pies. Las mesas redondas han aflorado en la feria como un espacio de pensamiento compartido donde las conversaciones fluían más allá de lo programado. Desde Voces locales en expresión artística, donde distintas creadoras granadinas se cruzaban para hablar de escritura, ilustración y música como formas de identidad y resistencia; hasta la mesa dedicada a Mujeres en la Guerra Civil, que volvió a poner en el centro la memoria, los silencios y las voces que todavía buscan su lugar en la historia. Sin olvidar la comprometedora mesa Granada, ¿marca o escenario?, donde el territorio se miró a sí mismo desde distintos espejos.
En ese mismo pulso de palabra compartida, las presentaciones han trazado otro mapa. Orgía del silencio abrió la programación como una invitación a descubrir lo invisible: un recorrido poético por el interior de Las Meninas. Y, como eje más identitario de esta edición, la presentación de los Clásicos ilustrados se convirtió en un punto de encuentro esencial e íntimo para nosotros. Allí, la palabra volvió a su origen acompañada de imagen, de gesto y de materia. Las ilustraciones de Belén Esturla —habitadas por un imaginario gótico, entre Gustavo Adolfo Bécquer y Edgar Allan Poe— no solo acompañaban los textos, sino que los abrían, los desplazaban, devolviéndolos a una sensibilidad contemporánea sin perder su misterio. Fue también nuestra forma más sincera de celebrar estos libros, como un regalo compartido, como una joya que no se exhibe, sino que se entrega.
En las casetas, el ritmo ha sido el de los encuentros breves que dejan huella. Las firmas han ido dibujando, día a día, una historia que no se deja encerrar en la agenda, como si cada libro fuera una escena de un mismo relato. Todo comenzaba con los espacios y lo íntimo: Una casa en el Albaicín abría y cerraba puertas como un organismo vivo, mientras Azogues desplegaba su propio cauce mostrando su pulso más íntimo. A su lado, Entre pegas y apegos y Creo que te quiero trazaban el mapa de lo afectivo, entre la búsqueda de una misma y el vértigo de amar.
Pronto, esa historia se volvía más fragmentada, más humana. Morir no es irse a ningún sitio, El pedestal de los cobardes o Así me convertí en puta ponían palabras a la herida y la memoria, mientras Caminando con tus ojos devolvía una forma de luz a esa experiencia. Para entonces, la realidad empezaba a desplazarse: Trampantojos jugaba con lo oculto, El castillo tiene la palabra devolvía voz a la historia y Crónica de un profesor de instituto anclaba todo en lo cotidiano. En ese cruce, Las tres vidas de Benjamín Cazenave abría la posibilidad de reescribir el tiempo, y Curso de latín para principiantes recordaba que el pasado sigue latiendo en el lenguaje.
Y cuando la poesía llegó, lo atravesó todo. Lagrimaciendo sobre el vacío, Destilación, Que soy la vida, Las flores están mal, Noviembre o El cielo tras mis pasos tejían una sensibilidad a la que se sumaba Nostalgias, donde el pasado regresaba en forma de destellos. Lo mismo ocurrió con esas historias de reconstrucción y cambio: Jonás y la esperanza o Maneras de estar tumbada exploraban la fragilidad y la posibilidad de recomenzar. Los ríos nunca miran atrás, Casa madre y Expediente 86 añadían ese toque de misterio y realzaban los vínculos invisibles.
Lo histórico y lo simbólico reaparecieron con El canto triste del cuervo, Huyendo a Granada y Al tercer día con los que revisamos el pasado desde distintas grietas, mientras que, En realidad, no / Sentir proyectaba un futuro inquietante. A su lado, Las doce cosechas desplegaba un mundo de supervivencias. Y, como fondo común, la mirada hacia el territorio y lo colectivo: Turismo, ruralidad y crisis rural y Los Bermejales. Historia de un pueblo orillado ponían el foco en lo que resiste, mientras De la mano de San Lucas abría y cerraba un espacio de recogimiento y reflexión.
Al final, incluso lo más disperso parecía formar parte de un mismo mapa: el de una feria donde los libros no han sido solo firmados, sino vividos como capítulos de una historia que, sin proponérselo, ha ido escribiéndose sola.
Quizá de eso también iba el lema de esta feria sin que lo supiéramos del todo: de dejar que el tiempo pase, sí, pero hacerlo entre libros, entre palabras que permanecen. Porque si algo ha quedado claro en esta feria es que, pasen cinco años o los que hagan falta, seguiremos volviendo a este mismo lugar donde la literatura nos reúne y nos vuelve, una y otra vez, uno solo.
