‘Ritos de paso’, por Anunciata Vinuesa

Hoy estamos de suerte, y no solo por el mar cercano que nos acompaña, lo estamos por el bautismo de este precioso poemario tan esperado de Constanza González Ferrer, a buen seguro quien lo lea despacio, con detenimiento, con pausa podrá descansarlo y a la vuelta de la lectura lo encontrará distinto. De ahí lo sorprendente y lo que nos evoca, vamos con él a traspasar umbrales y zaguanes

Ritos de paso, esos ritos de la niñez que irrumpen y quieren protegerse, lo cotidiano, lo doméstico, la niña que fue creciendo día a día, el proceder de esa rutina, crecer y madurar, en las cocinas donde se amasa el pan, bajo el cielo protegiéndolo todo, con esos escalones que suben al cielo, trepar hasta el cielo, donde las bisagras se engrasan, se cierran y se abren, provocando matices, gestos, advertencias, para así traspasar esos zaguanes y umbrales, esos ritos iniciáticos que comienzan como tránsito en otro devenir, a mirar desde lejos la infancia, acogiéndose en la metáfora que la naturaleza le ofrece, a lo vegetativo y corpore —la lluvia ayudará a mojar el tiempo—, a provocar el tránsito a seguir regando aunque no se estile, porque tampoco se estilan las abluciones ni el miedo al agua, o vencerlo para crecer, en los ajuares crecen también arrugas ajustándose a los cotidiano, al día a día, hasta que llegue la nieve y la vea postrada desde la Vega. Así Constanza se presenta niña que crece y madura en un transcurrir fragmentado, donde existen las preguntas, un bautismo subiendo escalones donde se ha jugado, el tránsito del paso del tiempo, el crecimiento es un rito, así se lo dijo Arnold Van Gennep, porque lleva la infancia tatuada pero no se separa de ella, la vega que fue donde creció y se desprende de la infancia porque está invadida, rebeldía a los paisajes, posicionamiento, petición de nieves en el horizonte

“pero no podéis despojarme y avergonzarme

Tomaré vuestras ciudades” nos dice

Pero existe la poesía para evadirnos de la barbarie pero también para evidenciarla y denunciarla.

Sí, a veces bien es cierto que el tiempo no se detiene, no se detienen los pasos, a veces existe la celeridad tan persistente o irreversible como también lo puede ser la lentitud, pero a veces es bien cierto que el rito en este proceder bien acelerado o lento lo mantiene la estructura del tránsito, su vehículo como vaso comunicante, esos márgenes que hay que cruzar, la puerta, el zaguán, las ventanas, el hueco, el umbral.

Así encontramos un poemario de crecimiento, de crecimiento interior a través de las palabras, existe en el cuerpo y el deseo, vuelve el mito, El Coloso, David, la Venus mutilada, el Edén, el mito como paso del tiempo, fragilidad sensitiva y también dolor, ese mito de la comunión con el aire, del oráculo, de las preguntas y del miedo al hambre, hay cantos en torno a la hoguera, hay frio que persiste y pese a todo también hay triunfo, y regreso, y aparece el amor que frente a todo cubre las espaldas, aunque las ascuas hayan dejado llagas en los pies y e anhele otra latitud, la del invierno que llega.

La nieve que ha de crecer por la cara norte y puede presentar en infinitas formas.

Constanza tiende al sol sus palabras para que crezcan y se oreen, para que absorban la luz y el calor del astro y así madurar, como los frutos de septiembre, así también se hace mujer adulta, entonces las palabras cobran otro sentido, metáforas y simbologías, así traducen abluciones, esas palabras que obran en sus versos, y el tiempo que siempre discurre a través del cuerpo y este queda y este cambia, no hay mayor poética que desentrañar el tiempo en el cuerpo cambiante y esto lo hace Constanza en su poemario, el cuerpo es un umbral que salta y crece, ese cuerpo con sangre que lo recorre, cuerpo que un día no quiso crecer, cuerpo que busca la carne y es umbral donde hay piernas que deciden abrirse por los siglos de los siglos. El cuerpo es un umbral, ahí está el núcleo del poemario de ahí surge el devenir, “parto o cojera” nos dice, el cuerpo crece y se traslada

“rico en flora y fauna / este umbral, como yo, es inocente / pero

Irremediablemente sangriento”.

Para crecer no hacen falta los incendios, pero parece que este ha acontecido, como una batalla con heridos, ese cuerpo busca otra mirada, cuerpo donde habita la piel labrada buscando mapas, la náutica para el agua, la astronomía para el cielo, esa búsqueda pacifica donde tatuar un nombre de dos silabas. Un cuerpo que quedará a la intemperie, donde sobrevolaran los pájaros, las garcillas que buscan alimento, mientras en los zaguanes crecen las salamandras, y el paso del tiempo que hay que buscarlo en los rastrojos, como una paradoja que romperá los ritos, algo traslucido, no se palpa no se ve, no se toca el tiempo, pero sin embargo se convierte en cuerpo cambiante, regenerativo, de ahí lo existencial, trasmitido en otro mito, aunque este también puede ser imprevisible e inesperado, de ahí el azar y la fuerza “vísteme para el largo rito de los años” nos dice.

En los umbrales crecen aspidistras y trepan las salamandras, sube escalones, se oyen las chicharas, los dinteles tranquilos, los perros extraviados, los portales donde buscara las letras del nombre del amor, salmos y epopeyas sin leer, venas navegables para el tatuaje, estanque que recibe al sol, los cacharritos dispuestos para el juego, las garcillas tras los cristales a la intemperie, alimento para crecer, el vuelo de las abejas, construir la calzada, la hendidura donde se atreve a crecer la semilla, los nidos colgando, el porche que se convierte en atrio y asilo de golondrinas, el préstamo de la sangre dividida.

Esos ritos están en los poemas haciéndonos preguntas, Constanza se sienta en los escalones de su porche, dispuesta a creer en la bondad y a agregar a su vida los regresos, sin creer en la tierra prometida y queriendo también olvidar el camino de regreso, aunque se queda ella misma anidando en los aleros, buscando permanencia frente a las arrugas de la mantelería, la mesa puesta de un día de tantos como dijo Machado, y seguir ahí buscando la nieve y su blancura.

Y vuelve al umbral del fresco porche, pese a todo el amor que persiste como el vuelo de las golondrinas, donde ese porche se vuelve atrio y llegan los abrazos como ofrendas y también la primavera y la intemperie, y cobijarse en la casa como un albergue, la casa como tierra prometida, donde regresan siempre las golondrinas, y así volver a las huellas infantiles, a las metáforas que recorren las venas, al deseo de traspasar el umbral, y abrirse y dejar de ser niña con la mano del padre sobre la espalda y traspasar el limen, los umbrales, corregir lo maltratado. Pero somos otras, no somos las mismas niñas con con los mismos cuerpos, porque ya hay nuevos versos, nuevas cosechas y la decisión de la mano del amado y así los pulmones se comparten y entonces sí, entonces ya nevará en la Sierra.